martes, 23 de febrero de 2010

Katty Wagner


Este rincón sigue en triste pausa, pero mitigada por hermosos recuerdos vividos.Mitigada por los abrazos y cariños recibidos aquí y en mi correo electrónico y la entrada de un blog que siempre está "ahí" en el centro de mi corazón.
He brincado de pijama en pijama, de lágrima en lagrima y contribuido profusamente con la industria del chocolate.
Pero la vida continua y volví a la prensa, y me encontré con un artículo que resume mucho mi sentir por Venezuela. Nunca he creído en mesías políticos y en mis pequeñas esferas de acción, siempre he "peleado" que son las acciones de los ciudadanos, las que generan cambios.
Y para que estos cambios se proyecten en la sociedad, primero debemos sembrar en nuestro interior, una verdadera y responsable justicia social y actuar conforme a ello, sin esperar "mana" del cielo político, envuelto en papeletas de votos o nombres de partidos.

Y estoy segura que Leo, estará feliz de que lo publique.
Porque son muchos los héroes anónimos que hay en el mundo.

Y en Venezuela, la mayoría de los "héroes" tienen falda y ovarios.
Y para mí, representan la esperanza.

No Puedo comentarles todavía, necesito unos días...pero les regalo está historia de una mujer y de un barrio...
Es largo... pero como la esperanza: No tiene desperdicio.
Un beso inmenso a todos.


De invasores a ciudadanos
Katty y La Pradera se confunden en una historia de batallas personales y sobrevivencia. Ella es colombiana, nacionalizada venezolana y a sus 71 años simboliza la historia de La Pradera en La Vega, un barrio, asentado en uno de los sectores más peligrosos de Caracas convertido ahora en ejemplo de una "revolución comunitaria"

Ese martes Nico no alcanzó a sentir el sol que bajaría por la ladera del cerro ni llegó a ver los amaneceres de ningún otro día. Un sujeto anestesiado en alcohol y droga estrelló a las dos de la madrugada un destornillador contra su sien derecha, y el excelente jugador de fútbol del barrio, que a los 21 años decidió “dejar la calle” y retomar los estudios de bachillerato siguiendo los consejos de la familia, abandonó el mundo.

“El rostro de ese muchacho se me quedó aquí, grabado para siempre, porque yo lo había saludado en la tardecita y él me regaló una sonrisa; y entonces, de pronto, verlo ahí, con los ojos desorbitados y su familia encima del cadáver, llorando, pidiendo ayuda, no sé para qué, si ya estaba muerto, me estremeció como si hubieran matado a un hijo mío…”.

Katty, por instantes impaciente para sentarse, revive el asesinato que “nadie supo al final si fue por asunto de faldas, o de drogas o por envidia… o que simplemente querían asaltarlo”.

La muerte de Nico no es en verdad un acontecimiento relevante que, más allá de sus familiares, alguien en La Pradera deba recordar, como se recuerda el día del natalicio de Simón Bolívar o un martes de carnaval. Ocurrió el 12 de noviembre de 2008, y ya se sabe que en Caracas las autoridades policiales registran un promedio de 95 homicidios cada semana.

De manera que en esta fecha, para los habitantes de un barrio que de noche se estremece por el tableteo de las balas y al día siguiente se enteran en la parada de las camioneticas a quién mataron y por qué, ya Nico es apenas una sombra incluso para sus padres, sobrevivientes como cualquier otro vecino de La Vega de sus propias tragedias.

“Te lo cuento porque me acabas de preguntar cuál de esas muertes me ha impresionado más”, despacha a manera de excusa pero también como punto final de una conversación que no le gusta abordar, Katherine Wagner, colombiana y nacionalizada venezolana, 71 años de edad y fundadora del sector La Pradera, suerte de paréntesis comunitario en una de las parroquias más violentas de Caracas, y de la cual hay escasas razones para darles a los lectores buenas historias, sino pedazos de dramas personales, atracos, violaciones, muertes por asuntos de drogas o por mirar volteao al jefe de una banda, y que al mezclarlos con la miseria y la negligencia gubernamental conforman un retrato del arte de la sobrevivencia en los pequeños infiernos urbanos que se multiplican en Latinoamérica.

Sin desearlo, Katty ha asumido el rol involuntario de líder vecinal, abuela gastada por los años y cronista del sector que asegura fue ella quien le puso el nombre porque, “cuando llegamos aquí, como invasores, sin nada en las manos, sentí un aire fresco como el de mis días de muchacha en la finca de papá, y dije: esto se va a llamar La Pradera”.

IDEAS PARA SUPERAR LA POBREZA
Ubicado en el lugar más alto del gran cerro que domina La Vega suroeste de la ciudad (puede avistarse desde allí tanto el hipódromo de La Rinconada como el reloj de La Previsora y hasta los barrios de Petare, que quedan al este de Caracas), La Pradera desarrolla, sin ayuda oficial y sin estridencias, una pequeña “revolución comunitaria” cuyos fines –hay que advertirlo– nada tienen que ver el ideario de construir el socialismo o quitarle a los que tienen para dárselo a los que nada tienen.

Mantener sus modestas casas pintadas, un jardincito arreglado y las calles limpias son en si misma una proeza, si se toma en cuenta que para llegar allí, tanto el viajero que aborda el transporte en la plaza La India o que se traslada en auto propio, sentirá que su visión queda atrapada entre promontorios de basura, riachuelos de aguas negras bajando por las vías, calles con enormes huecos y no sin mucha infrecuencia la escena de los pies de algún cadáver que emergen de la sábana blanca colocada encima de los “tiroteados” cuando les llega la hora y se van sin despedirse.

La Pradera es un proyecto de mejoramiento de vida de sus residentes, que antes fueron invasores porque a la fuerza tomaron este último refugio del cerro y lo llenaron de ranchos construidos con tablones y cartón piedra, para luego dar paso a casitas de cemento y techos de zinc, después las aceras, la calle real, y la iglesia fundacional regida por sacerdotes jesuitas, responsables –junto a unas monjas– del programa cívico de superación, donde la palabra de Dios que se pregona en la misa son charlas sobre la importancia de preservar tapados los pipotes con agua para evitar que se reproduzcan los mosquitos del dengue, o cómo hacer para reciclar los desechos de basura o de qué manera ayudar a la familia Montoya, que se le cayó su casa y lo perdió todo.

Es de resaltar que sobreviven en medio de un sitio violento, por tanto, cada domingo al término de la oración, el padre Luis Ugalde lee en un papelito los nombres y pide oraciones por dos los jóvenes asesinados en la semana que termina.

–¿Qué cómo lo hacen? Siempre recurrimos a la buena voluntad de la gente, sin regaños ni insultos. El que vigila que la basura no la eche al piso es un señor mayor que sabe como hablarle a un chamo o a una viejita; otros hacen las fiestas… otros fabrican con vidrio de colores encontrados por ahí lámparas que parecen de Tiffany.

Las hermanas Petrica e Iraida se juntan para contar esta experiencia comunitaria desde que en octubre de 1991 se implantó la Vicaría Nazareno, conformada por las hermanas misioneras de Acción Parroquial y dos sacerdotes de la Compañía de Jesús. Lo primero que constataron es que no había escuelas y en menos de un año construyeron el colegio José María Olaso, de la organización Fe y Alegría.

Otra de las necesidades urgentes, era que la mayoría de las mujeres, en particular madres de familia, tenían que “bajar a la ciudad” para trabajar, y los niños se quedaban solos en sus casas bajo el cuidado de hermanos mayores si los tenían y expuestos a los riesgos que implica el abandono momentáneo.

Las historias de niñas ultrajadas, varoncitos que aprendieron a los 7 años a consumir drogas, ese niño que fue “macheteado” por su padrastro o de las víctimas de los tiroteos callejeros porque desatendieron la orden de la madre y salieron a jugar un ratico son otro episodio de los relatos que han quedado como pequeñas historias “de cuando todavía éramos invasores”.

“En atención a esta situación, surgió el proyecto Multihogar Angel de La Guarda en 1993, que empezó con el cuidado a 30 niños en edades comprendidas ente 0 a 6 años, mientras su madres trabajaban, y hoy atienden a más de 80 infantes con la creación Niño Jesús en 2002”, señala la madre Iraida.

Tampoco tenían servicio de salud. Para las emergencias, acudían al Hospital de Coche o al Pérez Carreño, demasiado alejados para situaciones de vida o muerte y siempre hacinados de pacientes de otros barrios de la ciudad. Entonces construyeron el Centro de Salud Santa Inés La Pradera en 1993, que cuenta con servicios de medicina general, odontología, ginecología, toma de muestras, psicología, asesoría jurídica y apoyo psicológico

En 1995 nace el proyecto “Niños trabajadores no escolarizados”, que hoy acoge a 70 niños de la comunidad de La Pradera que no saben leer ni escribir y no pueden acceder al sistema escolar regular, debido a las deplorables condiciones económicas de la familia.

La Vicaría los acoge y los inserta en las escuelas cercanas a la comunidad. En 2002, se inauguró el Centro Comunitario de Formación, que ofrece servicios de biblioteca, asistencia en tecnología, sesiones de uso múltiples: computación, comedor, y hasta un centro de telecomunicaciones que brinda a los niños la posibilidad de navegar en Internet

LA DURA VIDA DE KATTY
Pero, para llegar allí, no bastó con la “buena voluntad” de la Compañía de Jesús y un puñado de monjas. Katherine Wangner, presidenta de la Asociación Civil Karon y reconocida como líder de la comunidad, atesora entre narraciones propias y ajenas la “historia oficial” de La Pradera, y al pronunciarle el término “historia oficial”, esta mujer de 71 años y una entereza de espíritu que supera la lasitud de sus huesos, sonríe como avergonzada.

“No pongas eso ahí”, advierte como una niña a quien le acaban de descubrir una travesura.

“Sí, yo le puse el nombre de La Pradera, como te dije, cuando esto nomás era monte y culebra. Yo había estado danmificada con mis dos hijos en el Poliedro, porque a mi se me cayó mi casa en el barrio Blandín, allá en Gramoven. Qué vaina. Yo mismo había construido esa casa, la había arreglado bien bonita, le había hecho otro piso y vivíamos felices. Estaba trabajando en La Carlota, donde hacía los uniformes de los pilotos, porque yo soy buena costurera. Eso fue con el gobierno de Luis Herrera (1980) , y de repente me llama una vecina por teléfono para decirme que mi casa se derrumbó. Entonces, como hacen ahora, nos metieron en el Poliedro y ahí estuve tres años como damnificada, hasta que se acercó un guardia nacional y me preguntó si yo era aguerrida, y le dije que sí, entonces me aconsejó que me fuera para La Vega y montara mi rancho en un cerro todo lleno de montes. Cuando llegué en 1981 mi primera impresión fue devolverme, pero me acordé de mi país, de mis padres y la finca que teníamos y detrás de este peladero y montes, vi que esto podía ser una pradera".

Esta historia fundacional, que Katty cuenta es aprobada por vecinos de edad similar a la suya, y salpican los relatos con interrupciones de la vez que mataron a Luis o “cuando, ¿te acuerdas? corrimos al ecuatoriano que…..”.

Lo que Katty guarda para sí es que salió de Colombia hace 40 años porque no soportaba la lidia con un marido que le golpeaba. Pero su vida anterior, no se limita a ese episodio matrimonial que parece ocultar detrás de un fondo borroso.

Su verdadera tragedia comienza con el asesinato de su familia –ella dice que fue la guerrilla– y en la cual se salvaron ella y dos hermanos porque se ocultaron en un matorral.

“No quiero contártelo… pero bueno, mi padre se llamaba Guillermo Wagner, era un alemán hermoso y mi madre Josefita Rojas, colombiana. Teníamos una hacienda en Roldanillo, al norte del Valle del Cauca; después de La Palia, al pasar el puente y el río Cauca, lo primero que te consigues es Ronaldillo. Eramos 13 hermanos. Cuando llegaba esa gente, mi madre les cocinaba y los atendía. Claro, tenía que hacerlo porque ellos se ponían en la puerta con una ametralladora que los convertía como “torcidos”, porque la ametralladora era más grande que ellos y entonces mamá y papá se veían obligados a atenderlos".

"Un día llegaron los de las FARC y arrasaron con todo, matando pues a todo el mundo. Acusaron a mi papá de ayudar a los grupos contrarios; ¿y qué podía hacer mi pobre madre si vivía amenazada? Cuando vimos a los guerrilleros nos fuimos corriendo dos hermanos y yo y nos metimos debajo de una cuevita, en donde papá guardaba a los chivos. Allí nos quedamos por largo rato, a esperar que pasara la balacera. Lo cierto es que mataron a 17 personas entre esos mis otros hermanos y a mi mamá y papá. Ella tenía apenas 46 años y papá 50. Qué dolor. Las lágrimas todavía están instaladas en mis ojos…”

Los acontecimientos de ese y otros días sobreviven de manera algo confusa en la mente de Katty. Dice que fue enviada a Puerto Buenaventura, a casa de su madrina, que le golpeaba y hasta la obligó a casarse “con el primero que se me atravesó”.

“Con Nemesio viví 17 años. Pero me hizo la vida imposible. Me traicionaba y me golpeaba también. La última vez que lo hizo, me dije a los 31 años que a este hombre no le aguanto más un golpe y agarré a mis muchachos y les dije ‘yo me voy a Venezuela, su papá me golpea mucho’. Y el mayor me dijo ‘yo me quedo con papá’. Bueno, él se quedó y yo tengo 20 años que no lo veo”.

“Aquí llegué con mis dos hijos (una hembra y un varón) a rehacer mi vida. Fue durante el primer gobierno de CAP. A los meses de estar aquí, murió Renny Ottolina. Eso nunca lo olvido. Ya yo no tenía familia; me habían matado a mis hermanos y a mis padres. Sólo dos hermanos se quedaron allá en Colombia. Y el marido no servía para nada. Tenía 32 años y sin pensarlo mucho, me aparecí en el barrio Blandín, en Gramoven, donde construí mi casita. Fue un esfuerzo impresionante, pero me sentía en aquella época realizada. Era buena costurera, tenía trabajo y mis hijos iban por buen camino. Hasta aquel día en que me llama un vecino a La Carlota y me dice ‘Katty, vente rápido, que tu casa se desplomó’. No lo creía. Todo ese esfuerzo que había realizado, se derrumbó en un segundo. Entonces me fui al Poliedro… pero ya eso te lo conté”.

TIERRA DE NADIE
Vinieron de todas partes. ecuatorianos, colombianos, venezolanos, bolivianos. La carencia de una vivienda y la pobreza que se consuela con vanas ilusiones los empujaron hacia ese lugar montaraz y desierto.

Se instalaron allí sin agua ni luz, y lo que fungía de carretera era puro polvo. Katty recuerda cuando los lugareños de otros barrios de La Vega los llamaban “los invasores”, porque “en verdad, eso éramos: invasores, nos agarramos esa tierra que era de nadie, pero que nosotros la hicimos nuestra”.

Aventajados por la luz del día que se posaba en la cúspide de ese cerro, los invasores comenzaron a levantar sus ranchos, a darse la manos los hombres y a intercambiar los nombres las mujeres. Cuando terminaron sus casas, cercaron los espacios de un rudimentario jardín. Cuando se dieron cuenta que necesitaban luz, agua y pavimentación de la calle, bajaron a reclamar.

Por fortuna, fueron escuchados por las misioneras y los jesuitas. Descubrieron que ellos mismos habían inventado un barrio, les habían dado el nombre y habían construido una escalinata. Cuando vinieron a poner los postes de luz ellos ayudaron y cuando la tranquilidad conquistada era perturbada, echaron a los indeseables que no habían llegado allí a vivir sino hacerle la vida imposible a los demás.

Pero, para llegar a La Pradera hay que atravesar un montón de barrios –algunos están en la lista de los más peligrosos de Caracas– donde “todos los días matan a uno o dos, y nos asombramos cuando los muertos pasan de cinco”, refiere Ana, vecina de La Pradera y activa en la iglesia “Virgen del Carmen”.

La inseguridad sin embargo no es el único problema. Desde que se sube por la empinada calle principal de Los Paraparos, quien vaya a La Pradera atravesará Los Mangos, El Hueco, La Casita, Las Terrazas, La Gallera, Los Cangilones y otros barrios con un denominador común detrás: basuras amontonadas en las esquinas, las calles rotas y los módulos de la Misión Barrio Adentro en total abandono.

“Antes, cuando estaban Los Jesuistas, esto estaba más limpio, porque ellos, en cada esquina ponían una pequeña gruta con un santo y la gente respetaba al santo y no echaba basura en las calles; pero unos malandros se llevaron los santos y esto se convirtió en un chiquero”, señala David, habitante cercano a La Pradera, en un sector invadido y regido por “leyes” que se imponen detrás de los disparos.

“Yo soy invasor, pero vivo dignamente; lo que me da rabia que en esta zona., como es tan grande llega más gente, a veces mucha gente mala. Cuando creemos que los estamos ayudando para que vivan mejor, pero no, descubrimos que en las noches, se aprovechan de la oscuridad para robar y a matar”, enfatiza David.

Contra eso luchó Katty, una vez que La Pradera se transformó “en un barrio decente”. A su edad, ella encabezó los grupos de vecinos que sacaron a los indeseables e impuso reglas no escritas de convivencia, bajo la convicción de que nadie los va ayudar.

“Aquí los barrios más peligrosos son El Carmen, Los Mangos, ese tiene mil historias; y hay un sitio que se llama El Hueco, que es de terror. Igual La Tiendita, el 5 de Julio…bueno hay muchos. Lo cierto está que uno tiene que recogerse temprano, porque los disparos comienzan desde la mañanita… ¿la guardia nacional? No, esos yo los llamos los arbolitos, porque están de verde y sólo sirven de adorno. El Gobierno no ha hecho nada por nosotros. Allí usted ve hay más de 8 módulos de Barrio Adentro, sólo dos funcionan”, explica Katty, quiene tiene historias reales de este programa de asistencia de salud prácticamente desmantelado..

“Para uno de esos módulos fue Evangelina, la muchacha que dejó tres hijos y murió de dengue hemorrágico. ¿Y usted sabe que hicieron esos cubanos? le dieron unas pastillas y la mandaron a su casa. Claro, al otro día amaneció muerta. Eso es doloroso, porque Carlitos, que tiene 14 años y sabe que perdió a su mamá, anda por ahí con el dolor en el alma. Se lo aseguro por Dios, Carlitos al final va a ser un malandro más. Qué se va hacer. La mamá era que traía el sustento a esa familia. El papá, Eduardo, ni se sabe en dónde anda. Dicen que lo han visto en las tablas que están allá abajo, donde se esconden los piedreros; esos que fuman piedras (crack) y salen de noche a robar”.

LA VEGA, UNA HISTORIA DE EXCLUSIÓN
La parroquia La Vega es una de las 32 parroquias que forman parte de Caracas y de las 22 que pertenecen al Municipio Libertador. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, la parroquia es integrada por dos sectores, La Vega y Montalbán. La Vega es el sector más pobre y está conformado por los barrios tradicionales La Hoyada, El Carmen, La Amapola, La Veguita, La Vega, Los Naranjos, San Miguel, El Milagro, Los Cangilones, Los Mangos, El Petróleo, Bicentenario, Las Torres y La Pradera, La Esperanza, entre otros.

Su origen proviene de un asentamiento de los esclavos que labraban la tierra en la Hacienda Montalbán, creada esta por los españoles como trapiche de caña de azúcar. Luego fue fundada como Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de la Vega, el 18 de julio de 1813.

El entonces pueblo se mantuvo sin mayores variaciones hasta mitad del siglo XX cuando comienzan a establecerse en las montañas trabajadores, en su mayoría obreros del interior del país e inmigrantes en su mayoría colombianos y ecuatorianos.

La ausencia de planificación hizo que el crecimiento fuera desmedido construyéndose viviendas en precarias condiciones conocidas como "ranchos". En la llanura al norte de la parroquia se creó una urbanización eminentemente residencial de tipo vertical llamada Montalbán.

La Vega es un sector popular o clase baja, es más que todo de tipo residencial, el comercio es también una fuente importante en el sector. La falta de planificación ha hecho que la comunidad pase a ser un sector de más bajos recursos.

Como dijeron algunos y quizás recordando una frase perdida: La Vega “se ha convertido en un lugar habitado por la muerte”

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